18 Julio 2022: Cuando la vida y la muerte llegan cogidas de la mano

Hoy nacerá mi hijo. Hoy conoceré a Gabriel y me despediré de él para siempre. Gabriel. Su padre y yo decidimos de su nombre en el coche hace dos días, de camino a casa al salir del hospital. 

Cruzamos los pasillos de La Maternitat y entramos en la sala de parto. A él lo visten con una bata azul y cubre-zapatos a juego. A mi me dan una bata de hospital. Estoy asustada. Nunca he tenido tanto miedo. Tengo miedo a perder a mi hijo, miedo al parto, miedo al duelo y al sufrimiento. Nunca hubiera imaginado que el parto de nuestro primer hijo fuera así. Nadie debería vivir la muerte de su niño. No quiero estar aquí. El dolor de su perdida me irradia el cuerpo.

El parto

Una matrona se presenta y me vuelve a explicar el protocolo, con la misma calma y el mismo respeto que ahora conozco y parece ser la norma en La Maternitat. Tengo la sensación que no me dejarán sufrir, al menos físicamente, lo que me da confianza. Después de una última ecografía de control, empieza con la primera medicación, introduciendo pastillas en mi vagina. Ya no hay marcha atrás. Pierdo la noción del tiempo. Pasan las horas, las pastillas se suceden. Empiezo a notar dolor en la barriga, al principio parecido a un dolor menstrual, y cada vez más intenso, hasta que se vuelve inaguantable. Entiendo que son contracciones y que se vuelven cada vez más fuertes, Pido calmantes y me van pinchando. Me encuentro mal, no paro de vomitar. A ratos, el dolor es tan intenso que no me deja respirar. Es insoportable, solo quiero que pare. Mi pareja no me suelta la mano, me ayuda como puede, con todo lo que puede. 

Son las cuatro de la tarde, llevamos casi 8 horas en esta sala y ya han pasado dos turnos de médicos y enfermeras. Todos me tratan bien, con mucho cariño y empatía. He roto aguas hace un par de horas al menos y estoy incómoda, noto líquido en la camilla, y veo sangre. Me asusta y mi pareja llama a la matrona. Noto como todo se acelera, pero la veo tranquila y segura. Desde el cariño, me dice: “Ahora puedes intentar empujar, si quieres”. Empujo con fuerza y determinación y noto como mi bebé sale de mí.  No he sentido emociones más fuertes en mi vida. Una mezcla de amor, alivio, dolor, tristeza y felicidad a la vez. No puedo contener mis lágrimas. Veo como cogen el cuerpo de mi bebé, con mucha delicadeza, y dicen: “Lo vamos a preparar”. Sigo llorando sin poder parar mientras se lo llevan. 

El legrado

Ya no me duele, ya no tengo contracciones pero entiendo que todavía no ha terminado. La placenta no ha salido entera. Dan una oportunidad para que salga de forma “natural” pero rápidamente, el médico decide que hay que hacer un legrado. No entiendo todo lo que está pasando. Se han llevado a mi bebé, noto mi barriga vacía, la tristeza me rompe el corazón. Veo a mi pareja con el corazón roto también e intentando aguantar su dolor para no hundirme más. Me llevan al quirófano. No quiero separarme de él pero sé que no le dejarán acompañarme. No puedo parar de llorar. 

Me despierto en otra sala, mi pareja a mi lado. No se cuanto tiempo ha pasado, hace mucho frío y tengo miedo. Le pregunto “¿Ha ido bien?” Me dice que sí, y me vuelvo a dormir. 

Conocernos y despedirnos

Paso unas horas más descansando, durmiendo y despertándome. Me proponen beber un poco de agua, intentar comer y levantarme. Cumplo con todos los requisitos, pero solo pienso en Gabriel. Lo echo de menos, me siento vacía. 

Ahora estoy preparada, quiero verlo y despedirme de él. Mi pareja y yo nos sentamos y llamamos a una enfermera para que nos traigan a nuestro hijo. La veo llegar con algo en sus manos y a medida que se acerca, veo que es el cuerpo de mi bebé, envuelto en una mantita. Me acomodo en el sillón, respiro y abro las manos, para recibirlo. 

El primer contacto con él me llena de amor. Nunca hubiera imaginado que se pudiera amar tanto. Lo miro y le acaricio de un dedo, sin poder apartar mi mirada de él. Lo veo tan pequeño, tan frágil, tan tranquilo y sobre todo tan guapo. Es un bebé perfecto, tiene una nariz redonda muy bonita, unos ojos cerrados que transmiten paz y tranquilidad. 

Pasamos unos minutos más mirándolo y comentando lo guapo que es y decidimos llamar de nuevo a la enfermera. Con mucho cuidado y respeto, se lleva de nuevo a Gabriel. 

Unos minutos más tarde, vuelve con la cajita de La Capsa dels Records que nos habían prometido, conteniendo su manta y otros recuerdos. La guardamos como el tesoro más grande del mundo, me acabo de vestir, y salimos. 

Volvemos a cruzar los pasillos de la Maternitat, sin bebé en los brazos y el corazón en mil pedazos. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *