

Hoy es el día. Mientras damos un paseo con el perro, pido a mi pareja que vaya a la farmacia a comprar una prueba de embarazo. “Más que nada para descartar, ya que, si le digo al médico que me encuentro mal, que tengo náuseas y 2 semanas de retraso de regla, es lo primero que va a querer averiguar”. ¿A quién intento convencer? ¿A quién intento proteger, en caso de negativo? A los dos, imagino.
Subo al baño para hacer el test. Estoy temblando, un peso oprime mi corazón. Tengo miedo al negativo. Y por primera vez en mi vida, tengo miedo al positivo. Miedo y ganas a la vez. Surge el primer “¿y sí?”. ¿Y si es positivo? ¿Y si vamos a tener un bebé? Abro el embalaje, leo las instrucciones y hago el test. Apenas se moja el bastoncillo que la primera línea aparece. Espero unos segundos y la segunda se dibuja. Se me para el corazón. Empieza un tornado de emociones, mi mente desborda. Felicidad, susto, felicidad de nuevo. Me tiemblan las manos, las rodillas, se me cierra la garganta, se me mojan los ojos. ¿Cómo se lo digo? ¿Estará esperando el resultado?
Bajo las escaleras como puedo, mi test en la mano. Me acerco a él y temblando, le tiendo la prueba. No sé qué decir. Nos abrazamos, miramos juntos la prueba, como para confirmar que se vean bien las dos barritas. Como muchas parejas, decidimos que sería mejor comprar otro test, digital esta vez, y que ponga el resultado de forma más clara, que ponga las semanas. Que ponga todo lo que se pueda pedir a una prueba de embarazo.
Vuelve a salir el positivo. Con todas sus letras esta vez. Embarazada 3+.

