
Después de la cuarentena, tenía programada una visita de control en el hospital. Mi pareja y yo esperábamos mucho de esta visita. Llevábamos muchas semanas sin recibir ninguna noticia positiva de los médicos. Queríamos que nos dijeran que estaba todo bien físicamente, pero sobre todo queríamos obtener la luz verde para buscar un nuevo embarazo.
Estaba tan centrada en las preguntas que quería hacer, y las respuestas que quería escuchar que no pensé en lo que podría suponer volver a La Maternitat, al lugar dónde todo empezó y todo terminó tan brutalmente.
Aparcamos el coche y nos dirigimos hacía la entrada. Al ver la fachada del hospital, sentí mi respiración cortarse y mi garganta cerrarse. Una vez más, cruzamos los mismos pasillos, bajamos las mismas escaleras. El mismo olor, las mismas batas blancas. Mientras esperaba que mi número apareciera en pantalla, pensé en todas las veces que había estado aquí, cuándo aún tenía a Gabriel en mi barriga. Las primeras visitas, las analíticas. La ecografía de las 12 semanas y cuando mi mundo se derrumbó. Las pruebas, la biopsia corial. La decisión de interrumpir el embarazo. El parto. La despedida.
Mientras repasaba la película de mi embarazo, miraba a mi alrededor y sólo veía parejas felices, mujeres con barrigas llenas de vida. Le dije a mi marido “No pensé que sería tan difícil volver”.
Llamaron mi número y entramos en la consulta. Cómo siempre, la doctora que nos atendió fue muy atenta. Me hizo preguntas sobre el parto y el legrado, como para confirmar que había entendido bien lo que me habían hecho. Nos volvió a explicar que la trisomía de nuestro bebé era libre, y que por lo tanto no era necesario ninguna prueba genética adicional. Comentamos la cuarentena, los sangrados, y me dijo que me iba a hacer una ecografía para verificar que el útero estuviera bien.
Comentamos también nuestro deseo de volver a ser padres y buscar un nuevo embarazo cuanto antes. Nos recomendó esperar dos ciclos completos desde la ILE. Su respuesta me quitó un peso enorme de encima. Tenía tanto miedo que nos dijera que esperaríamos 6 meses, o más. Queríamos ser padres otra vez y no queríamos esperar más.
Cambiamos de sala y me tumbé en la camilla. Empezó la ecografía y miró cuidadosamente las imágenes. No mostró ninguna señal de alerta, parecía que todo estaba como debía. Pero yo apenas la oía, tenía la mirada fijada en la pantalla delante mío. Sólo podía pensar en las imágenes que estaba viendo y mi corazón explotó en mil pedazos. No se veía nada. Todo estaba vacío. Estaba tan acostumbrada a ver a mi bebé en esas pantallas. Pero ya no estaba. La vida me lo había arrancado, me habían arrancado una parte de mi. No estaba preparada para la violencia de este vacío. Obviamente sabía que mi hijo había muerto, pero ver mi útero vacío, tanta oscuridad en la pantalla y ningún bebé, fue muy violento.
Intenté centrarme en las buenas noticias que me había dado la doctora. Estaba bien fisicamente, mi útero estaba bien, y dentro de pocas semanas, ibas a poder buscar un nuevo embarazo. Salimos del hospital una vez más, yo con la barriga vacía, y los dos llenos de sentimientos contradictorios. Nos dimos cuenta de lo dífil que iba a ser este camino.
